Estamos afrontando, un año más, un tórrido verano en la zona mediterránea que viene, a su vez y como suele ser habitual, acompañado de una disminución de la actividad en este nuestro mundillo de los videojuegos. La falta, al menos en mi caso, de material nuevo que jugar y a posteriori analizar invita a llenar ese hueco con otros contenidos y qué mejor que una reflexión sobre cómo los más veteranos hemos llegado hasta aquí. O más bien, lo que nos ha costado en términos económicos…
Pese a la abundante oferta actual, propiciada por la llegada y aceptación de innumerables títulos de corte independiente de diversa calidad, los videojuegos en su ámbito profesional siguen siendo, como antaño, un artículo mayormente de lujo. Si bien no tanto en los 80, sí fueron caros en los 90, en los inicios de este siglo XXI y lo siguen siendo hoy, con miras a un aumento gradual del precio en las novedades individuales que acabará superando la barrera psicológica de los 100 euros más pronto que tarde.
Eso en lo que refiere a lo que podemos comprar, porque también está la otra vertiente: el pago por, simplemente, acceder al material. Algo que a quienes entraron a este mundillo en tiempos recientes tal vez les parezca novedoso, no así a los más longevos que ya pasamos por ello cuando dábamos nuestros primeros pasos en los antiguos salones recreativos. Y lo cierto es que, por la parte que me toca, ahora echo cuentas y asusta ser consciente de la enorme cantidad de dinero que, muy poco a poco y a lo largo de muchos años, he acabado invirtiendo en ellos.
Podría hablar en euros pero lo haré en nuestra antigua y por muchos aún querida y añorada moneda nacional: la peseta, pues las cifras impresionan más si su tamaño es mayor y, por otra parte, así lo recuerdo mejor. Es imposible hacer un cálculo preciso pero, para hacernos una idea, pongamos que echara una media de cuatro partidas diarias a uno o más juegos, lo que implica, a 25 pesetas cada una, un gasto de 100 pesetas.
Si multiplicamos esa cifra por 7 días que tiene una semana, obtendremos 700 pesetas. Repetimos el proceso por el número habitual de las mismas en un mes (cuatro), lo que nos da un total de 2800. Y, finalmente, con una última multiplicación, esta vez por 12 meses que tiene el año, el resultado será de 33600.
Sí, habéis leído bien, más de 30000 pesetas invertidas solo en los recreativos a lo largo de un año. Dejaré que hagáis vosotros la última cuenta añadiendo solo que mi periplo por ese tipo de sitios duró al menos 12 años, pues comencé yendo a ellos con 8 o 9 años y los frecuenté hasta que terminaron desapareciendo como los conocimos a principios de los 2000, a lo que hay que sumar que por aquel entonces no pocos juegos costaban no ya 25, sino 50 e incluso 100 pesetas la partida, con lo que la cifra final será todavía mayor.
No seré el único que ha llegado a esas cotas, y mis números serán seguro ridículos en comparación a los de otras personas pero esto no es una competición para ver quien es el más ludópata del mundo. No, mi intención no es sino la de reflejar, como reza el título del post, el pozo sin fondo que son los videojuegos en términos de gasto económico. Una tendencia que puede parecernos que se suaviza por las actuales políticas de consumo online pero que a la larga se mostrarán en su total crudeza si, como ahora, hacemos balance de cuentas.
No revelo nada que todo el que lleve un tiempo en esto no sepa. Tampoco invito a dejar de lado esta afición o a reducir su consumo, decisión que cada uno/a debe tomar a título personal. Solo ha sido un ejercicio de reflexión para darnos cuenta de lo mucho que llegamos a invertir quienes disfrutamos de los videojuegos, máxime si nos han acompañado a lo largo de toda una vida como es mi caso. Y lejos está, por mi parte y pese a todo, de que dicha amistad termine…
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