Hacía bastante que no escribía nada sobre los tiempos pasados que no fuera una reseña, pero un mensaje en Twitter me hizo pensar en esta posibilidad y aquí estoy, disponiéndome a comentar un tema del que se podría hablar mucho pero sobre el cuál yo me limitaré, como siempre, a decir lo que conozco en base a la experiencia personal. Ese tema es el de la caída del negocio de los salones recreativos que, si bien no han desaparecido en su totalidad gracias a algunas iniciativas «retro», están muy lejos de disfrutar de la gloria de antaño tanto por la variedad de juegos como por el número de usuarios que disfrutan actualmente de estos…
¿Cómo eran esos salones que pudimos disfrutar durante los años 80 y 90, su periodo de máximo esplendor? Había lugares de todo tipo, que iban desde pequeños locales hasta grandes superficies. Recuerdo que, de niño, solo en mi barrio había casi media docena de estos sitios, a los que hay que sumar los que se repartían por las zonas más céntricas de la ciudad y los instalados en los centros comerciales. Con un ambiente único y especial del que hablaré otro día, fueron una actividad bastante extendida y en buena medida responsables de mi gran afición por los videojuegos.

Sin embargo, a principios del siglo XXI la cosa comenzó a cambiar y, poco a poco, todos los recreativos fueron cerrando. Durante un tiempo muchos nos preguntamos qué podía haber pasado para llegar a esa situación, si bien no tardaríamos en hallar razones que explicaran, en parte al menos, semejante declive. Por un lado, los avances tecnológicos en el ámbito doméstico hicieron posible lo que hasta entonces solo había sido un sueño inalcanzable. En efecto, los videojuegos de consola y ordenador habían alcanzado un nivel similar y en algunos casos superior a lo que nos ofrecían las máquinas recreativas.
Y por otro, la obcecación de las compañías por ofrecer experiencias sensoriales que fueran más allá del mero aporreo de botones hizo que el coste no solo de producir sino de mantener y, por supuesto, generar beneficios de muchos juegos arcade fuera enormemente grande, tanto que para muchos salones se convirtieron en piezas inviables que o bien permanecieron poco tiempo o ni siquiera llegaron a entrar, además de por lo ya dicho, por la inmensa cantidad de espacio que ocupaban a veces los muebles en los que venían instalados y que todavía es posible encontrar en algunos sitios, pero de eso hablaré después.

Volviendo al principio del post, el mensaje de Twitter de esta persona venía a preguntar cómo fue posible que esto pasara aquí mientras que en Japón, cuna de los salones recreativos, estos siguen gozando de muy buena salud. Bien, no puedo dar una respuesta concreta pero es seguro que en ello influyen varios factores, entre ellos el cultural. Esa clase de juegos siempre ha estado ahí desde el día que nacieron y están tan arraigados entre la población como aquí lo pueden estar, por ejemplo, los bares. Porque no debemos olvidar que, además de un sitio de entretenimiento, son también (o así lo fueron al menos en mis tiempos mozos) un lugar de reunión en el que pasar un buen rato con los amigos compartiendo un tiempo y afición comunes que por desgracia también se acabaron perdiendo a medida que crecimos y fueron llegando otras responsabilidades.
Lo único evidente es que todo aquello pasó y que, desde ese instante, nada volvió a ser lo mismo para los que durante tantos años habíamos disfrutado de esa forma de entretenimiento. Y así ha seguido siendo hasta que se ha llegado al momento actual, en el que ha habido un leve resurgir de los salones en parte por la apuesta de muchas compañías de crear versiones específicas de juegos tradicionalmente desarrollados para ordenador o consolas que buscan, nuevamente, ofrecer sensaciones que no son posibles en los sistemas domésticos. A la memoria me vienen ejemplos como Halo o Mario Kart entre otros, que se presentan a menudo en un mueble gigantesco como se puede apreciar en la imagen que he puesto a continuación.

Pero estos juegos, independientemente de su calidad, no pueden ni podrán devolver jamás a los recreativos el esplendor de tiempos pasados porque continúan adoleciendo de los mismos problemas que arrastraron a dichos lugares al olvido. Cierto es que llaman la atención por tratarse en muchos casos de, como he dicho, versiones de juegos que estamos acostumbrados a tener en casa, pero su disfrute no pasa de unos pocos minutos tanto por culpa del coste por partida como por la duración de las mismas. Y así es muy difícil que se consiga hacer de estos sitios lo que fueron para quienes, como yo, tuvimos la suerte de vivir aquellos buenos tiempos.
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